Logan

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James Mangold asume la considerable responsabilidad de cerrar oficialmente la vida cinematográfica de Wolverine.

 

Cuando escribió su guión para El Viejo Logan, deslumbrante miniserie dibujada por Steve McNiven, Mark Millar tuvo un par de intuiciones proféticas: a) que el destino final de Wolverine iba a ser homologable al de un cowboy crepuscular y b) que la Norteamérica del futuro iba a estar gobernada por supervillanos. La riqueza del Universo Marvel en el ámbito de la historieta –más relacionada con la exigencia corporativa de saturar el mercado que con una verdadera necesidad artística- le daba al guionista una considerable libertad de juego: su viejo Logan no equivalía exactamente al Wolverine canónico de los X-Men, sino que era una versión alternativa del mismo en un universo paralelo –Tierra-807128-, territorio propicio a las imaginativas hipérboles que puntuaban una historia donde el tono elegíaco no reprimía ni el sentido del espectáculo, ni el humor demencial.

En Logan James Mangold asume la considerable responsabilidad de cerrar oficialmente la vida cinematográfica de Wolverine, un personaje que ha tenido en la entrega de Hugh Jackman algo parecido a una bendición. El director afirma partir del trabajo de Millar y McNiven, pero lo somete a un considerable proceso de vaciado. El contexto distópico se atenúa: este futuro no difiere en exceso de nuestro presente, salvo que uno puede inferir que el supervillano Trump sigue cómodamente instalado en el poder. Del enfebrecido material de partida solo le interesan a Mangold los ecos de western –sostenidos sobre repetidos guiños a Raíces profundas (1953)- y la mirada marcadamente crepuscular, que cristaliza en un Wolverine reciclado en baqueteado chófer de limusinas, un profesor Charles Xavier amenazado por la demencia senil y un Calibán al que Stephen Merchant aporta no poco espesor.

Empeñada en no parecer una película de superhéroes, Logan se diría destinada a aquel sector de espectadores que necesitan reafirmarse en la convicción de que no hay nada de frívolo en el género. Mangold apuesta por un marcado clasicismo expositivo en la que, sobria y pagada de sí misma, acaso sea la película Marvel más sangrienta de la historia. No es ni mucho menos un trabajo despreciable, pero un servidor se queda con el tebeo.

 


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