¿Por qué no hay quien ligue ya en la barra del bar?

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Hace solo seis años Penélope Cruz intentó seducir al galán Mr. Big en ‘Sexo en Nueva York 2’ en la barra de un bar. Pero, ¿quién se acuerda ya de aquellos amores de barra afectados por el entusiasmo de un cóctel y encabezados por el acostumbrado ‘estudias o trabajas’?

La explosión de infinitas aplicaciones nos ha hecho olvidar esos modos de ligar pero no el amor como elemento universal de la vida humana. Aunque no tan lejanos, aquéllos eran tiempos de apariencias y pocos filtros. “Antes de nada se juzgaba el envoltorio, esa primera impresión que resultaba crucial para decidir si merecía la pena iniciar una conversación o indagar en su interior”, explica el antropólogo Jordi Roca, profesor en la Universidad de Barcelona.

Y no es que la imagen haya quedado relegada ahora a un segundo lugar, pero en el mundo virtual, el proceso se ha invertido. Conocemos a alguien a través de un perfil y una mínima presentación que aporta datos muy valiosos sobre esa persona con la que vamos a flirtear. “Además -añade Roca- cualquier página de búsqueda de pareja incluye un sistema de cribado, de manera que podemos escoger esos perfiles más afines a nosotros y con una intención similar a la nuestra”. Con estas ventajas cualquiera estará pensando en cuántos desplantes, cuántas noches improductivas y también cuántos moscones nos podríamos haber ahorrado.

Otro detalle: lo chocante de zascandilear por la barra de un bar en busca de quién sabe qué sería aparecer desaliñado. En la red, sin embargo, sobran los tacones, el carmín y la pintura de uñas. La seducción empieza con el teclado. “Más que el aspecto, importa cómo te presentas, tus gustos o tus criterios de búsqueda”, insiste el antropólogo.

Así, ¿quién va a salir de copas con la idea de buscar pareja cuando tiene un mercado casi inagotable en la pantalla de su ‘smartphone’, computadora o tablet? Se impone optimizar el tiempo y pasar una buena noche rodeado de amigos, reservando la cacería para la tranquilidad del sofá. “Ahí afinas tus criterios y marcas los límites que a ti te interesen. La discoteca o el bar significan solo una tiendecita frente al supermercado global de parejas potenciales que forma la red. Por otra parte, en una relación virtual apelas al anonimato y la confidencialidad para desinhibirte, sobre todo si eres una persona tímida o con miedo al rechazo”.

Es verdad que a ratos puede estresarte, pero lo bueno es que, si no te interesa, la conversación se acaba en un click. Es a la vez uno de los riesgos del que nos advierte Roca: la mercantilización del amor y de los afectos. “El juego se parece más a una estrategia mercantil en la que las personas se objetivan. Cada usuario no es más que un objeto con un ‘nick’ y actúa igual que si quisiera posicionar un producto en el mercado”.

Así son las reglas del juego y quizá nos sirvan para añorar aquellos amores que hervían al calor de la barra de un bar. Y razones, como éstas que cita Ana D. Verdú Delgado, también antropóloga, no faltan:

  1. Imagen irreal de uno mismo. Las redes sociales exigen la construcción de una imagen atractiva y adaptada al estándar de belleza actual. Esta manera de presentarse expresa una preocupante autocosificación. Buscando así amor, lo que encontramos es frustración y un sentimiento más acentuado de soledad. ¿No es preferible el juicio real en una noche de amigos?
  2. Papelera virtual. Los sitios en los que se promueve el amor virtual nos incitan a construir relaciones a la medida de nuestras supuestas necesidades o preferencias personales, como si las personas fueran un producto más que podemos consumir, desechar o intercambiar. Esta idea del amor nos acerca más a la adicción que a la libertad.
  3. La cobardía del anonimato. Está claro que mostrarse sensual en la barra de un bar forma parte de una moda o de un momento histórico particular, pero arriesgamos más cuando el escaparate donde nos exhibimos nos convierte en mercancías evaluables por cualquiera que nos observe desde el anonimato.
  4. Antiseducción. Seducir es una habilidad humana (es de hecho una habilidad animal) que el ser humano adapta al medio en el que se mueve. Las nuevas tecnologías no tendrían por qué descuidar un sentido refinado de la seducción pero aumentan el peligro de reducirla al plano estético y a la exhibición de un cuerpo sexualmente deseable. Después del cruce de miradas, la barra del bar exige más conversación y menos cuerpo. Es un acto potencialmente más escandaloso y seductor.

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